Durante la Segunda Guerra Mundial se repartieron cartillas de racionamiento para asegurar que la comida se distribuyese equitativamente. Cuando te habías acabado tu asignación semanal de determinado producto, tenías que esperar a la semana siguiente para conseguir más. Al menos en teoría, el dinero no importaba nada. Todo el mundo tenía derecho a la misma cantidad de comida. Este concepto sigue afectándonos hoy en día, mucho tiempo después del final del racionamiento. Tendemos a pensar que hay un suministro limitado de las cosas que nos gustan. Hoy tienes derecho a darte un gustazo.